De dónde proviene el mito de que derramar sal da mala suerte

Es posible que los niños nacidos en la última década no hayan visto nunca a nadie tirar por encima del hombro izquierdo un pellizco de la sal derramada por accidente. Sin embargo, quienes nacieron en décadas anteriores, sobre todo quienes lo hicieron antes de los 90, habrán visto repetir ese gesto en más de una ocasión a padres y madres y, muy especialmente, a abuelos y abuelas.

La acción de arrojarse sal por encima del hombro tras derramar un salero no deja de ser una superstición que hunde sus raíces en la historia (nada más y nada menos que en el Imperio Romano) y en el imaginario de la religión católica. Según la superstición, derramar la sal invoca al diablo, así que para contrarrestar ese mal presagio no queda otra que esparcirse la sal derramada por detrás de los hombros, para ahuyentar al demonio.

Los orígenes de la superstición

 Como hemos comentado en artículos anteriores, la sal ha sido un producto muy importante a lo largo de la Historia. Durante el citado Imperio Romano, sin ir más lejos, la sal marina dio lugar a la creación de una ruta desde las salitreras de Ostia, una ciudad que en la antigüedad se situaba en la boca del río Tíber, y la propia Roma. La conocida como Via Salaria, cuya construcción se fija unos cinco siglos antes de Cristo, recorría 242 kilómetros entre la capital y la costa del Mar Adriático y su recorrido estaba custodiado por soldados a los que se les pagaba parte de su remuneración en sal (el conocido como salarium argentum).

El alto valor de la sal puede hacernos comprender con facilidad que el hecho de que ésta se cayese al suelo durante un trueque o un intercambio fuese considerado casi una tragedia, el paradigma de la mala suerte para la persona que por desgracia derramaba el preciado tesoro. Y es que, desafortunadamente, la sal no se puede recoger del suelo con la facilidad con la que se recogen un puñado de monedas de oro.

A este mal fario asociado al hecho de derramar sal se unió el imaginario religioso católico. No en vano, una explicación bastante generalizada de la creencia en esta superstición se centra en una escena cumbre de la mitología católica, La Última Cena, que lo único que hace es fortalecer una creencia que, como decimos, ya circulaba entre la población desde varios siglos antes. En la misma, justo antes de traicionar a Jesús de Nazaret, Judas Iscariote derramó con el codo y sin querer la sal de un salero. El acto fue representado por Leonardo da Vinci en su emblemática pintura. Después pasó lo que pasó. Como para no considerar el hecho de derramar sal un mal presagio…

Como explica Manuel Ángel Charro Gorgojo en el artículo La sal: ¿mito o superstición?, publicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, esa escena “quiere significar el momento trágico de la traición que uno de los apóstoles está a punto de consumar”.

El propio don Miguel de Cervantes, añade Charro Gorgojo, recoge en El Quijote (parte II, cap. LVIII) esta ya asentada superstición de que “derramar sal en la mesa es mal agüero”.

Según el reconocido docente e investigador, el mal agüero de la sal derramada también se extendía a quienes la pisaban: “Esta creencia de maleficio por verterse la sal, se fundaba en que, siendo la sal cosa de tanto valor, por su servicio y utilidad al hombre, era lamentable el que cayera al suelo y más si encima se pisaba y profanaba, por lo que para que no ocurriese una desgracia a quien así lo hacía, se echaba sal en la puerta de la casa, para que no entrasen las brujas, ni los malos espíritus en las cuadras de los animales, y muy particularmente si había una mujer que trataba de arrebatar al esposo”.

No todos han creído siempre en estas supersticiones, claro está. Un ejemplo paradigmático es el de Néstor Luján (1922-1995), reconocido periodista y gastrónomo español, a quien Charro Gorgojo atribuye la siguiente frase cargada de ironía: “En cuanto a la historia de la sal derramada en la mesa, que es otra temible superstición, lo esencial es que ella no caiga dentro de un buen plato”.